Pensando en esto, me puse a recordar a mi primer jefe, un economista llanero más resabiado que sabio, pero de una probada bonhomía. Dicharachero como era, al tipo le gustaba decir que si Venezuela pudiera gobernar, aunque sea medianamente bien, un solo minúsculo pedacito de territorio, esos 3000 metros cuadrados que agrupan los dos edificios altos que quedan en la Esquina de Carmelitas en Caracas (Finanzas y BCV), lo demás podríamos tener al menos posibilidad de resolverlo. A su manera, el llanero también tenía una aproximación minimalista al problema de las reformas necesarias. La reflexión me parece pertinente, dado que en materia de política económica –y en todo lo demás, quién lo duda- hoy en día son tantas cosas que van tan mal, que definir algún criterio para priorizar nos cae bien.
Lo obvio: Venezuela es un petro-estado, lo ha sido por casi un siglo, y lo es en más de un sentido. El petróleo es la impronta que nos define como nación. No es raro entonces que los retos macroeconómicos que enfrenta Venezuela, que son muchos y muy complejos, tengan algo en común: están todos –en mayor o menor medida- vinculados a su condición de país petrolero. Ese es el tema fundamental. El origen de todo.
